Hoy, la verdad, es que no me encuentro muy bien. Los factores que contribuyen en mi desazón no están del todo localizados. Sin duda el calor estival unido la ausencia casi absoluta de manto capilar sobre mi privilegiado cerebro, es un agente a tener en cuenta a la hora de tasar mi malestar. Pero, claro, se trata de dos circunstancias nada novedosas y por ello sólo debemos tomarlas en cuenta para explicar la general acritud de mi carácter.
La prórroga de la veda de la anchoa no es asunto baladí; pero me afectaría, seguro, mucho más si no me hubiera ya acostumbrado a comer bigotes de bocarte marroquí, que por mucho que los soben en Santoña, se quedan atravesados en el gaznate.
Lo de verme obligado a presenciar, prácticamente alienado, cómo Pilar Bardem tiraba por la borda el prestigio familiar, ocultando sus posibles aptitudes artísticas en un papel para el que ella no requería interpretación… (me ha vuelto a dar otro amago de vahído al recordarlo. No pasa nada, ya me recupero). Decía que, esa espeluznante visión (la película en su conjunto, todo hay que decirlo) ha conmovido mis templados nervios, llegando incluso a provocar temblores y sudores fríos; pero no, no es la causa principal.
No sé. Creo que últimamente ingiero demasiada información. ¡Ya decía yo que me estaba hinchando y que la cerveza no podía ser la única responsable!