Cuentos diletantes: conversaciones con mi neurona

A nada que bucees por el blog te darás cuenta de que el altruismo no se encuentra en los primeros puestos de mi lista de virtudes. Bastante tengo con procurarme el bien propio como para pensar en el ajeno. Sin embargo, quizá motivado por algún tipo de trastorno transitorio o debido a una crisis de identidad disociativa (a mí no me mires, yo tampoco sé lo que es), lo cierto es que durante unos meses he estado colaborando con una revista de ámbito local que, sin mediar compensación económica alguna, ha tenido la falta de pudor y criterio necesarios como para publicar la serie titulada “Cuentos diletantes: conversaciones con mi neurona”.

Con una desvergüenza propia sólo de aquellos que se saltan a la torera cualquier muro de prevención construido en base a la falta del más mínimo atisbo de sentido común, recogí el capote que incautamente me brindaron para ofrecer impresos todo tipo de irreflexivos quites (sin muleta, no sea que me pinchara), que si bien no levantaron ovaciones, cumplieron con el siempre sano objetivo de completar un planillo y apoyar la iniciativa empresarial de otros, por su puesto.

La ocurrencia no hubiera pasado del grado de disparate si no hubiese sido porque la encomienda debía circunscribirse y, por tanto, versar, sobre un asunto concreto (atentos, que después de los dos puntos viene lo mejor): la cultura. Sí, como lo lees, durante varias semanas he estado pariendo insensateces sobre un tema que no sólo desconozco (cosa bastante habitual) sino que me provoca sopor. No obstante, en un alarde de sinceridad impropio de mí, he de reconocer que disfruté, al comprobar –una vez más- hasta qué punto enardece la ignorancia.

Y como yo no soy de despilfarrar y lo que se lleva últimamente es el sadismo, he decidido, sin necesidad de plebiscito –como los grandes temas de la nación-, replicar en este entorno digital el resultado de esta delirante aventura; eso sí, poco a poco, no vaya a ser que un aluvión repentino de sandeces te provoque daños irreparables.

Por si acaso, ponte casco…

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La indolencia debida

Es curioso, hoy me he despertado con ganas de escribir. Es algo raro, no sé qué me ha podido pasar. Ayer, que yo recuerde, no cené nada especial… ¿Quizá el gazpacho? No, no creo, era de los suaves. Lo de la tele tampoco es probable que influyera; La 2 a esas horas no echa nada indigesto, soporífero quizá, pero no suele provocar estos estragos… al menos en mí. Mierda, ¿por qué precisamente ahora? Con lo tranquilo que estaba yo con mi letargo; ha sido como una hibernación pero sin encierro. La gente pasa a tu lado y ni te fijas; la prima de un tal riesgo sube y ni te enteras; el rey da otro tropiezo y ni te inmutas… No he necesitado ni siquiera aparentar y el cuerpo tampoco me ha pedido llamar la atención.
Esto no tiene que ser bueno. No te pueden venir las ganas de repente sin pasar factura. Dentro de un rato seguro que me duele la cabeza, o los ojos, o los dedos… ¡Con lo bien que estaba! Este año ni el polen me estaba afectando. Vale, sí, mi atontamiento ha pronunciado (más aún si cabe) el badén de mi cintura, pero este entumecimiento mental ha relajado hasta tal punto la atención que le presto al mundo que me rodea, que ya no sentía la necesidad de hacerme notar… ¿Qué ha podido ser? ¿Qué extraña fuerza me lleva ahora a realizar este innecesario esfuerzo…?
¡¡Esfuerzo!! Sí eso es, ahora lo recuerdo. Ayer alguien de una Hacienda llamada Bosque Verde pronunció esa palabra y despertó en mí algún resorte que permanecía en coma. ¡Dios, somos autómatas al servicio de una mente perversa! ¿Qué va a ser de mí? ¿Se me pasará? ¿Tendré ahora que trabajar? Jo.

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La marca del martirio

Sabes, creo que estoy llevando mi misantropía a límites demasiado extremos. Sí, cada vez me molesta más el carácter de las personas. Bueno, la masa corporal si está demasiado próxima también me molesta, pero me separo y ya está, solucionado. Pero las formas de ser son difíciles de apartar; te rozan y dejan marca, y aunque te la intentes quitar con el siempre socorrido spray melasuda”, permanecen durante más tiempo del deseado. Y mira que me prodigo en impertinencias, pero nada, ahí siguen, empeñados en traspasar constantemente el cada vez más reducido círculo que rodea mi entorno.

Soy un exagerado, lo sé. Y también me sé eso de que “cada uno es como es” y “hay que ser tolerante si quieres que te toleren…”. ¿Y a santo de qué venía todo esto? Ah, sí, ya me acuerdo. Es que en los últimos días me he cruzado con varios mártires. Algunos centran sus supliciadas consideraciones en el ámbito profesional. Otros empujan la piedra que les tortura por la empinada montaña de la existencia misma… El dramatismo con el que impregnan cada movimiento, gesto o comentario es tan latoso, tan fastidioso, tan aburrido… ¡El mundo está en su contra! Todo lo critican, todo es desesperanza, decepción, desánimo… ¡Uy qué pesados! ¡Qué tirria me dan! Vale que yo no sea la alegría de la huerta; que mi visión del mundo no es una lanzadera de optimismo, pero, ¡coño! al menos le pongo un poco de ironía a las múltiples carencias y defectos de este mundo desprovisto de valores en el que nos ha tocado vivir…

Ves, esto es lo que pasa: te cruzas con par de tiparracos (o tiparracas) de estos y comienzas a ver el cine en blanco y negro. Tengo venirme más a mi habitación privada, está claro que quejarme de lo mucho que sufro con las molestias de la gente que se queja de lo que sufre con sus molestias, me relaja.

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La pertinaz alergia

– Hoy es martes y toca post.
– ¿Y a mí qué me cuentas?
– Ya estamos, escurriendo el bulto. Algo tendrás que hacer tú ¿no? Eres mi neurona, piensa en algún tema, alguna idea para desarrollar, un asunto que criticar…
– No te equivoques. Yo soy un ser unicelular con derechos que responde a estímulos y de momento no he sentido corriente alguna en mis dendritas.
– ¿Estímulos? ¿Te parece poco salir cada mañana a la calle, ver gente y engullir cada uno de los detalles que conforman mi cotidianeidad?
– Hoy te has dormido en el autobús.
– Sí, es verdad. He cogido un sitio encima del motor y con el ronroneo… Son los antihistamínicos, ¡me tienen todo el día bostezando! Pero bueno, da igual, ya he repasado la prensa, he leído el correo, he repasado los chistes que me han enviado mis colegas…
– Sí, ya, pero nada interesante sobre lo que escribir.
– Bueno, también he visitado varios blogs. En otras ocasiones te han servido de inspiración…
– ¿Nopuedocreer.com?
– ¡Qué exigente te has vuelto!
– Más bien selectiva. Sé que a ti últimamente te va mucho lo de mirar a la pantalla y ver tonterías que no logran siquiera superar el ámbito de la retina.
– ¿Qué quieres, que lea a diario a Punset?
– No tampoco es eso, la última vez casi me quedo tonta. No sé, échale un vistazo a Dragó que siempre da mucho juego.
– Es que está estos días está liado con Delibes, la caza, la tradición… y como estoy tomando antihistamínicos, pues… se me cierran los ojos y no retengo lo que leo.
– ¿No te gusta Delibes?
– Por supuesto que sí… Bueno, la verdad es que no lo he trabajado mucho, para qué te voy a mentir si eres mi neurona y está dentro de mi cabeza.
– ¿Y no puedes decir nada sobre la caza o la tradición? Son términos que debería inspirarte alguna reflexión, un comentario, una ironía…
– Qué rancio, ¿no?
– Tú sabrás, yo sólo te estoy tratando de aprovechar los escasos y poco relevantes estímulos que me envías.
– ¡Qué pesada! Bueno, vale, mañana prometo no dormirme. Ya me pedirás clemencia cuando estés como loca dando tumbos con cada estornudo.

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Los estragos de la rutina

Esta mañana, mientras viajaba en el autobús camino del trabajo, he reflexionado en torno a dos palabras: puntualidad y glamour.

Voy a pasar por alto la mueca de incredulidad que, seguro, se ha dibujado en tu rostro al leer que me atribuyo la posibilidad de razonar detenidamente. Es cierto que no soy muy dado a las consideraciones meditadas, que me muevo más por impulsos o deliberaciones precoces (creo que ya han sacado la pastilla para esto…), pero esta mañana, no sé porqué, le he dedicado un poco de tiempo a cavilar sobre estos términos. Quien dice un poco dice unos minutos, tampoco te vayas a pensar que he estado ahí dándole al coco durante horas… En mi favor puedo argumentar que llevar la mitad del culo suspendida en el aire no ayuda mucho cuando se trata de meditar sobre un asunto trascendental. ¡Ya me extrañaba a mí que en plena hora punta madrileña hubiera un asiento libre reclamando mi inmerecido descanso matinal! El justo castigo a mi vagancia llegó en forma de señorita (o señora), de volumen no demasiado exagerado, que utilizaba a modo de diván freudiano tanto su espacio como gran parte del que yo pretendía ocupar. Como habrás adivinado, nada más sentarme inicié las pertinentes maniobras de presión que me llevaran reconquistar un territorio del que creía ser merecedor. Pero nada, la joven (¿o no?) había fundido su cuerpo a los asientos y era indiferente a mi sorda intimidación

¿Qué iba yo a contar? Ah sí, puntualidad y glamour. No tienen nada que ver, lo sé, pero es en lo que estaba liada mi neurona mientras yo encontraba un nuevo sentido práctico a la partición del trasero humano…

Puntualidad es sinónimo de exactitud, de precisión. Es un convencionalismo imprescindible si queremos coincidir en un mismo plano espacio temporal con otros seres de nuestra especie… pero a mí me revienta. Es un término que me persigue… y que nunca me alcanza. La revelación me ha llegado en forma de conductor de autobús: nada más ver el que me iba a llevar hasta el trabajo esta mañana me he dado cuenta de que se trata de una especie tremendamente diversa; son muchos y diferentes. Sí, vale, todo este rollo para decir que nunca coincido con el mismo conductor, ergo soy incapaz de repetir de forma cotidiana el momento exacto en el que cojo el autobús (ni el instante ni la franja horaria, todo hay que decirlo).

En fin no se puede ser perfecto. Por eso mismo he cambiado el tema central de mi abstracción mental y me he puesto a recapacitar sobre el glamour. ¿Y por qué? Sencillo, me he acordado de una persona que para mí encarna a la perfección ese concepto: Miguel Bosé. Sí, en serio. El elegante desdén con el que desarmó, durante su rueda de prensa, a un supuesto reportero que pretendía montar un grosero espectáculo, me pareció magistral. Sin duda su polifacética figura me ha parecido siempre hechizante y la dignidad con la que defiende sus discutibles propuestas musicales, fascinante. No voy a calificar sus a menudo sectarias opiniones políticas (uy, ya lo he hecho), ni a valorar su espontanea ambigüedad, pero sí quiero glorificar desde aquí su figura… Vale, me he pasado; ya se había bajado la “joven”, mi culo había recobrado la unidad y me dejé llevar por la euforia de una aparente comodidad.

En fin, mañana me pondré el gorro que este frío está haciendo estragos en mi neurona…

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Palabras que nunca se irán

Hace unos días, en uno de mis cada vez más frecuentes naufragios, tuve la mala suerte de agarrarme a un blog en pleno proceso de suicidio. Sí, qué quieres que te diga, el dedo que maneja el ratón requería de un pequeño respiro y mi retorcida mente se asió a lo primero que llamó su atención. ¿Morbo? Claro, qué si no. “Suicido este blog”, rezaba el título de su aparente última entrada. Lo cierto es que no me fijé en la fecha, pero es lo que tiene navegar por una maraña, que cualquier acción carece de conclusión. Supongo que si no hace nada para remediarlo el año que viene esa pobre bitácora seguirá siendo “suicidada” . Curiosa paranoia espacio temporal ¿verdad? Como en internet no hay viento, pues no hay manera de que se lleve las palabras…

Como era de esperar, mi interés se evaporó al traspasar la quinta línea. Últimamente me cuesta retener la atención en un mismo lugar. Además, por muy cotilla que uno sea los desvaríos existenciales me aburren y éste, desde luego, no prometía demasiado… Pero me dio qué pensar. Sí, en el fin de los blog; en cómo debe ser el final. ¿Muerte natural? ¿Clausura? ¿Asesinato? ¿Accidente? ¿Mutación…? Oye, ¿no pensarás que …? No, hombre no, qué va. Todavía no he decidido morirme, ni suicidar nada… Este experimento aún no ha culminado; quizá no lo haga nunca o quizá aún no es lo que debería ser. Da igual, lo que está claro es que de momento seguirá siendo, o existiendo, o viviendo.

Tengo que confesar que este tiempo de ausencia ha sido provocado por… Ah, que no te habías dado cuenta de que no había escrito nada… Ya, bueno, pues sí, he estado unos días alejado de este rincón de mi pensamiento. Sé que conocer las razones de mi autodestierro no provoca un estado de ansiedad o expectación desmedida, pero podías aparentar un poquito, o al menos dejar de bostezar, vamos digo yo…

Paso, yo a lo mío. No, ni el trabajo ni el estado de ánimo han sido las culpables. El primero jamás me ha condicionado; como mucho me agria más el carácter. En cuanto al ánimo, aunque tenga una personalidad contradictoria –si tienes un rato repasa el blog-, lo cierto es que no suele sufrir demasiadas alteraciones… Qué va, la verdadera causa ha sido un bajón de “diletancia”. Sí, ya ves. He pasado un tiempo sin necesidad de aparentar nada, sin alardear de conocimientos que nunca han habitado en mi memoria o sin hacer valer una experiencia nunca vivida. Pero ya se me ha pasado. Un par de convivencias/encuentros con mis cofrades y estaré completamente recuperado para la causa.

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Aturdido por la realidad

– Sabes, creo que hoy no te necesito.
– ¡Qué tontería!
– No, es verdad. Si quieres puedes volver a tu letargo habitual.
– Oye guapo, que últimamente estoy todo el día liada, si no es por una cosa es por otra. Ayer casi me estalla el núcleo con esa estúpida discusión sobre el cine de Truffaut. ¿Pero si no sabes quién es?
– Da igual, ese chico era un snob de narices y además, dio la casualidad de que el otro día escuché a nosequien que hablaba de él y de una peli suya… Los trescientos golpes, se titulaba.
– Pues el chico dijo que eran cuatrocientos…
– ¡Qué más da! Lo que me parecía muy fuerte es que me discutiese que era de boxeo…
– Pues a mí casi me pierdes. Y te recuerdo que no andas muy sobrado
– Hoy puedes descansar; no voy a precisar de tus impulsos.
– Tú siempre me necesitas.
– Vaya, qué engreída. Pasas un par de días ejercitando tus dendritas con alguna actividad pseudointelectual y ya te crees imprescindible.
– Es verdad, no puedes mover un músculo sin mí.
– No me refería a los músculos, precisamente.
– Pues piensa en cualquier otra cosa y ahí estaré yo. Soy tu neurona y por más que lo intentes no puedes desactivarme; no tienes control sobre mí.
– Ahora va a resultar que eres una célula libre y que actúas cuando te apetece.
– No, sigo los dictados de tu cerebro, pero como tampoco es un órgano del que hagas mucho uso consciente, pues yo aprovecho y me escaqueo cuando puedo.
– Venga, échate una siestecilla, que lo estás deseando.
– Paso. Me has despertado y ahora me pides algo. Lo que sea. ¿Te muevo un dedo?
– ¡Qué no! Que hoy no pienso utilizarte, al menos para pensar.
– Mira, me está dando un subidón de mielina. Cómo no me digas a qué se debe este ataque de apatía te provoco un tic en el ojo.
– No es apatía. Es que estoy desconcertado.
– Sí, me han dicho que hay problemas en la frontera del lóbulo parietal. Al parecer en el frontal reina el caos y hay emociones descontroladas que se dedican al pillaje…
– En las últimas horas (días) he visto y oído cosas que me han impresionado tanto que… No sé, estoy demasiado aturdido. Un terremoto, muertos amontonados, desorden, violencia, insensibilidad… marines…
– ¿Quieres que le mande un recado al lóbulo occipital para que cierre los ojos?
– Creo que ya da igual.
– Uy, pues sí que está malita la cosa. Casi me voy a dormir.

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