Sabes, creo que estoy llevando mi misantropía a límites demasiado extremos. Sí, cada vez me molesta más el carácter de las personas. Bueno, la masa corporal si está demasiado próxima también me molesta, pero me separo y ya está, solucionado. Pero las formas de ser son difíciles de apartar; te rozan y dejan marca, y aunque te la intentes quitar con el siempre socorrido spray “melasuda”, permanecen durante más tiempo del deseado. Y mira que me prodigo en impertinencias, pero nada, ahí siguen, empeñados en traspasar constantemente el cada vez más reducido círculo que rodea mi entorno.
Soy un exagerado, lo sé. Y también me sé eso de que “cada uno es como es” y “hay que ser tolerante si quieres que te toleren…”. ¿Y a santo de qué venía todo esto? Ah, sí, ya me acuerdo. Es que en los últimos días me he cruzado con varios mártires. Algunos centran sus supliciadas consideraciones en el ámbito profesional. Otros empujan la piedra que les tortura por la empinada montaña de la existencia misma… El dramatismo con el que impregnan cada movimiento, gesto o comentario es tan latoso, tan fastidioso, tan aburrido… ¡El mundo está en su contra! Todo lo critican, todo es desesperanza, decepción, desánimo… ¡Uy qué pesados! ¡Qué tirria me dan! Vale que yo no sea la alegría de la huerta; que mi visión del mundo no es una lanzadera de optimismo, pero, ¡coño! al menos le pongo un poco de ironía a las múltiples carencias y defectos de este mundo desprovisto de valores en el que nos ha tocado vivir…
Ves, esto es lo que pasa: te cruzas con par de tiparracos (o tiparracas) de estos y comienzas a ver el cine en blanco y negro. Tengo venirme más a mi habitación privada, está claro que quejarme de lo mucho que sufro con las molestias de la gente que se queja de lo que sufre con sus molestias, me relaja.