Noviembre 18, 2009

La sensualidad del sonido

Contumacia. Me gusta como suena. Hacía mucho que no la oía y el otro día la repitieron hasta la nausea. ¡Cómo son los periodistas! La culpable fue una mujer política de medio pelo [despeinado], con lo cual el contexto es irrelevante, pero la sonoridad del término me atrajo, me sedujo… Eh, no me prejuzgues. Eso no es un comentario machista. Era chica, tiene un cargo dentro de un partido y su cabellera tiende a la rebeldía. Ya ibas a ponerme la etiqueta; o una cruz; o a quitarme un minipunto…

Contumacia. He descubierto que existen muchas palabras que me provocan ese estado cercano a la excitación. Da igual quien las pronuncie. Tienen una vibración estimulante; un timbre sugerente. Sí, soy un retorcido. Pero estas palabras que casi ya nadie utiliza y de repente, como si surgieran de la nada, se hacen sonido erizan mis sentidos

Palabras. La sensación placentera de la que escribo aparece casi como un resorte ante la percepción de un determinado vocablo. No soy precisamente un devoto seguidor del psicoanálisis, pero empiezo a pensar que esta suerte de desviación léxica es producto de alguna situación traumática ocurrida en mi infancia. Aunque por más que profundizo en mis recuerdos no encuentro en mi niñez nada parecido a un acercamiento sensual con Ana María Matute… Sí, para mí también ha sido siempre mayor, pero yo qué sé, es la única académica de la lengua a la que le pongo cara y, sinceramente, no me veo segregando endorfinas por Lázaro Carreter, por mucho dardo de la palabra que tuviese.

Sensualidad. Yo supongo que la deleitosa enervación que desencadenan en mis sentidos estas palabras es algo similar a que alguien te susurre en francés al oído… bueno, tampoco tienen que ser en francés… ¿Qué tendrán los susurros? Te ponen los pelos de punta; si suenan próximos, claro.

Contumacia, palabras, sensualidad, susurros… He de reconocer que este post me ha costado más de lo normal. ¿Se me estarán acabando las palabras?

Noviembre 6, 2009

El Gatillo Obsesivo

Ayer me llamaron ególatra. Realmente no me lo dijeron tan explícitamente; creo que las palabras fueron “tu ego está tan alto que ni lo ves”, pero creo que iban por ahí los tiros… ¿no? Cierto es que existe una vertiente no diletante de mi yo que gusta de apreciarse de forma excesiva, pero no creo que sea ése uno de los principales defectos que afean a los de mi especie. No está bien que lo reconozca, pero la autoestima no aparece precisamente en la configuración genética de los diletantes. ¡Qué va! Somos una generación que intenta encubrir sus inseguridades con prepotencia y falsa confianza; con conocimientos no adquiridos y menos afianzados; con exceso de soberbia y ausencia de humildad (fallitos de fábrica que se han repetido en las revisiones posteriores del producto, por lo que veo…).

La arrogancia que emanamos es una pose, una corteza impasible que no deja transpirar la vacilación que esconde. Como comprenderás con este panorama es difícil cebar a un ego, por muy necesitado que esté. Los halagos lejos de engordarlos potenciarán su famélica esencia.

En mi caso… no te lo voy a contar; tampoco he venido hoy aquí a tirarle piedras a mi propio ego, pobrecito. Pero sí es verdad (cómo me gusta esta palabra: verdad), decía que sí es cierto que nunca he tenido una necesidad de “exaltar mi propia personalidad”; quizá por eso no he notado la falta de oxígeno que debe deparar que algo llamado “yo” se hinche en tu interior. Aunque, por otro lado, algo de intención ególatra debe tener hacer trabajar de vez en cuando a mi neurona escribiendo en este espacio de supina diletancia.

Vaya, ahora ya me he hecho dudar si soy o no soy…

Octubre 23, 2009

La soberbia paradoja

Hay una palabra que me trae loco últimamente. Bueno, he de reconocer –aquí viene otro de mis ya famosos alardes de sinceridad- que siento una extraña debilidad por las expresiones polisémicas. Sí, me ponen los términos que encierran dos o más significados… opuestos, claro. Supongo que esta querencia es fruto de mi natural inclinación a llevar la contraria. Me muevo en la paradoja como pez en el agua… ¿Qué pasa? Seguro que tú también tienes tus vicios ocultos. Esto no es tan malo y yo me lo paso bien; a veces me vuelvo un poco loco intentando recordar el argumento que estaba defendiendo pero, no sé, es divertido… Recuerdo una vez que casi… Hala, ya me he ido otra vez.

Me meto en vereda. A ver, que repase… ¡Ah, sí, la palabra! Me tiene loco y no sé muy bien por qué. No es algo que en principio tenga que ver conmigo, aunque la siento como muy cercana, como si formara parte de todo lo que me rodea. Vaya donde vaya la noto sobrevolar, siento su presencia… Que sí, ya la digo ¡qué impaciente!

ARROGANCIA. Expresa soberbia y valentía; altivez y gallardía; suficiencia y brío. Me desagradan los arrogantes, pero reconozco que despiertan mi curiosidad y los observo con cierta complacencia. Sí, me hacen gracia. Supongo que es porque califica a muchos de mis cofrades diletantes, porque su versión adjetivada califica gran parte de sus [nuestros] comentarios…

¿He dicho que tenía debilidad por los vocablos que encierran significados discordantes? Vaya, eso me obliga a buscar más… ¡Esto da más trabajo del que yo pensaba!

Octubre 21, 2009

En lo profundo del charco

Tengo el día existencialista.

Vaya, ¿y ahora qué hago? Empezar con esta rotundidad un texto te obliga a argumentar sobre lo afirmado o negado. Esto, en principio, no debería ser un problema para un diletante como yo. Armas para defenderme ante tal tesitura tengo más que sobradas, aunque no me vendría mal afilar la relacionada con el significado de lo que se ve reflejado en el charco en el que me he metido. Jo, con la pereza que me da buscar en los diccionarios. ¿No te ha pasado alguna vez que dices algo sin pensar ni venir a cuento y de repente todo el mundo se vuelve hacia ti como esperando una explicación? Yo lo hago a menudo, como maniobra de distracción o simplemente para llamar la atención… pero hoy, uf, podría haber escrito cualquier otra cosa. “Tengo el día triste”, no compromete demasiado. La tristeza te la puede provocar cualquier cosa, incluso un día nublado o la visión de una lagartija sin rabo. Pero existencialista… es más profundo, hay que pensar más… creo. [Consulta breve a Google].

Ya he vuelto. No era para tanto. Además como la Wikipedia [principal fuente del saber diletante] dice que es un término oscuro y confuso, pues yo a lo mío: Sí, tengo el día existencialista. Hoy no hago más que preguntarme sobre la aleatoriedad de todo lo que nos sucede; sobre la influencia letal que puede llegar a tener cualquier hecho imprevisto en nuestra vida o la de quien nos rodea; sobre esos segundos de mundana casualidad que pueden transformar o, incluso, erradicar tu existencia; sobre…

Basta, me estoy mareando con tanta pregunta. Regreso al mundo de lo intrascendente donde no hay posibilidad de trastornos del equilibrio. Buena gana de filosofar teniendo en ciernes una buena tarde de fútbol.

Octubre 16, 2009

Cerrojazo de mente

Estoy bloqueado. Sí, creo que tengo algo así como una obstrucción mental; alguien ha debido colgar en mi cerebro el cartel “ahora vuelvo” y se está retrasando… ¡No sé si llamar al cerrajero! No, mejor espero, no vaya a ser que destroce más de lo debido y luego me deje algo de holgura

Creo que tiene algo que ver con el hartazgo informativo… No, la holgura no, me refiero a la causa de mi bloqueo; a esta sensación de no saber qué decir, en qué pensar… Es algo extraño, siempre suelo disponer de alguna bala en la recámara, pero ahora tengo la mente encasquillada. Sí, no puede ser otra cosa. Llevo varios días leyendo casi lo mismo. Da igual la página que visite en todas hay bigotes, pijos que lloran, tramas, engaños, gente que se tambalea, otros que se caen, coches, chalés, costas…

Debo reconocer, en un alarde de impúdica sinceridad impropia de mi común proceder, que soy un adicto a la información. Siempre pensé que no tenía vicios confesables (o que nunca debía confesar mis vicios), pero esto días me he dado cuenta de que soy consumidor compulsivo de noticias. ¡No puedo parar! Ahora mismo tengo abierto un periódico on-line que ni siquiera se actualiza. ¡Basta, lo cierro! ¡Horror, debajo había otro! ¡Y también habla de… eso! Lástima no saber ruso para leer el Pravda y huir de… ¡Dios, tiene versión en inglés y la página de inicio aparece uno que se llama… Gurtel!

No puedo más. Lo he intentado todo. He llegado hasta a leer la sección de Cultura… Por cierto, ¿sabías que en el futuro habrá pasta de dientes de ajo? Sí, supongo que no tenían otra sección donde publicarlo, pero ahí estaba: en Cultura. También he descubierto en mi periplo por las secciones “raras” que han hallado setas que brillan en la oscuridad… ¡Hala, ésta sí que mola! “Un gorila crucificado preside el altar de una iglesia londinense”

Tengo que parar. Este fin de semana me quito y el lunes ya veremos…

Octubre 1, 2009

En las dos orillas

Jo, me he pasado toda la semana pasando del gótico al románico sin el más mínimo temor de quedarme colgado en un arbotante. Y la verdad es que ha sido muy divertido. Defender el lado oscuro frente a los adalides de la corrección o cambiar de bando si el interlocutor se reconocía libertario y alababa el gusto de las dos vástagos del más planetario de los ZP, ha resultado ser un ejercicio de lo más placentero. Lo mejor de todo es que no sé realmente por qué se llaman góticos… y lo peor es que he tenido que improvisar sobre los siniestros, los emos, los darks… Pero da igual, la gente con la que me debatía tenía mucha menos idea que yo y habitaban en uno u otro bando únicamente en función de su inmovilismo político. ¿Y por qué te cuento esto? Pues no lo sé. Me ha salido. Tampoco todo tiene porqué tener una explicación en la vida. Vamos, digo yo…

Sí, es cierto. Reconozco sin ningún pudor mi regocijo diletante cuando surgen “oscuras” controversias como la descrita. La gente se retrata. La vehemencia se desborda por cubiertas de barcos insustanciales y yo navego con mi lancha motora de una a otra orilla. ¡Me apasiona!

Por cierto, hablando de diletantes. Esta semana hemos sido citados en uno de los rotativos de mayor prestigio de nuestro país (je), aunque si bien es cierto que, inexplicablemente, aparecíamos en una de sus secciones menos concurridas… Cultura. Que yo la haya localizado ya merecería ser un caso de estudio…

Reproduzco textualmente:

(…)”Nunca estás al nivel de la gente que entrevistas”, afirma. “Tienes delante a un arqueólogo que ha estado 20 años excavando un yacimiento y tú, en media hora de entrevista, tienes la responsabilidad de transmitirlo al público. Por eso el periodista cultural tiene que ser modesto por naturaleza, porque eres el diletante de todas las ramas de la cultura. Eso nos hace estar más a la intemperie que otros periodistas, porque tenemos delante a las mejores almas de la época”(…) [El País 30/09/2009]

Ni que decir tiene que este es un diletante de medio pelo, porque sabe más de lo que dice. Pero oye, ha sido un detalle.

Aquí te dejo la entrevista completa. Yo leí el título y lo de diletante. El resto tenía buena pinta…

Septiembre 29, 2009

Sonoridad nociva

Odio los sonidos constantes. Sí, esos en los que sólo reparas cuando llega el inesperado silencio. La nevera, el ventilador del ordenador, el fluorescente, el bullicio, su voz… Son insoportables. Se incrustan en tu corteza cerebral y no hay quien los levante. Incluso cuando consigues escapar de su radio de acción, siguen latentes en tu oído. Es horrible; me exasperan. Consiguen desmontar el engranaje que sostiene mi paciencia, un mecanismo que normalmente se manifiesta de forma eficiente. Te digo más: yo creo que…

No, sería exagerado atribuir al ruido persistente de procedencia diversa la falta de elasticidad en los resortes de mi cordura. Pero da igual, me molestan mucho. ¿Tú sabes lo que es salir de un sitio y seguir con el soniquete en tu cabeza? Te intentas evadir con la lectura de un libro o con la conversación de los que van a tu lado y es imposible; vuelve. Realmente es que no se ha ido. ¡Qué horror! Deberían prohibir esos artilugios, encerrar en celdas insonorizadas a esa gente. Sí, ya he probado a desconectar, pero no es solución. Cuando vuelvo en mí, sigue ahí. Está claro, perjudican la salud. Al menos la mía.

Septiembre 24, 2009

Frívola contención

He recuperado mi orgullo de ser diletante. Sí, no es que lo hubiera perdido, no te asustes, pero he de reconocer que últimamente no percibía con tanta intensidad como otras veces la necesidad de hacer gala de mi condición. Hoy sí. De repente me he vuelto a ver a mí mismo escuchando condescendiente la conversación de la pareja que hablaba a mi espalda en el autobús. Hasta en tres ocasiones me he tenido que morder la lengua para no volverme e ilustrar con mis doctas opiniones a estos dos iletrados. Una de ellas ha coincidido con el empellón que mi compañera de centímetro cuadrado me ha propinado tras un frenazo brusco del conductor. Supongo que a estas alturas ya imaginarás (o quizá no, da igual) la cara que le he puesto tras su involuntaria muestra de desafecto. Sí, ella no tenía la culpa, lo sé, pero hacia alguien tenía yo que dirigir mi enojo. Es muy malo quedarse con las cosas dentro y yo ¡me había mordido la legua de forma literal! Qué daño, por Dios.

Bueno, retorno a la charla de mis vecinos de autobús. ¡Qué ganas me han entrado de intervenir! La temática era diversa: que si música indie “pero de verdad”; que si los colores de Matisse “aunque me llena más Cézanne”; que si cine en uveo (que debe ser versión original, esa es la parte que menos domino, pero da igual, la ignorancia me infunde valor)… La verdad es que los chicos eran de bofetón (en sentido figurado, entiéndeme) y me hubiera encantado darles un repasito dialéctico… No pongas esa cara. Cuando me pongo en plan retórico y doctrinario no hay quién me aguante. Al final hasta con el argumento más increíble puedo resultar convincente… Bueno, basta de flores a mis virtudes diletantes.

Sigo. Justo antes de llegar a mi parada, la erudita charla tornó hacia un asunto inesperado, al menos para mí: la frivolidad. Hablaban de una [chica, señora, mujer] que había tenido una hija con un torero y se había hecho famosa por ser más basta que un “bocadillo de chapas”. Al parecer en algún momento le había dado de comer pollo y tenía problemas con el defensor del menor… Sí, yo tampoco le encuentro relación. Pero me pilló justo en medio de mi altercado con la señora del frenazo y no me enteré muy bien del tema. Además, como yo no veo televisión [frase que, aunque contenga alguna mentirijilla, debe decir siempre todo diletante que se precie de serlo] no identifiqué a los personajes. Pero a lo que iba: frivolidad. Es una palabra que me lleva persiguiendo unos días. No hago más que mirar y la veo ahí, siempre. No me importa, de hecho he intentado que se acerque un poco más. Frívolo tiene una sonoridad divertida. ¿A qué sí? Definitivamente me gustan estos términos que ahora todo el mundo utiliza en tono despreciativo y que creo que encierran un matiz sensual que los convierte en atractivos… En fin, ya sabes: con tal de llevar la contraria…

La frivolidad, ah, ah, ah, ah

Septiembre 14, 2009

De ideas… fijas

-¡Tengo una idea!
- ¡Dios, qué susto me has dado!
- Se supone que deberías estar preparado para estas cosas. Soy tu neurona y actúo por impulsos.
- Sí claro, pero es que te prodigas tan poco…
- ¡Ya estás como siempre! Para una vez que me levanto yo solita, sin que me achicharres con las radiaciones de tu pantalla, agujerees mis tímpanos con tu manía de repetir estribillos en inglés o intentes estimularme con algo tan vulgar como esos efluvios de cebada que tanto te gustan… Para una vez que me despierto sin que pises mis dendritas…
- Una vez. Tú lo has dicho. La primera en… ¿cuántos años?
- ¡No es cierto! A ver a quién se le ocurrió sino lo de la… ¡Da igual! Ahora no te cuento mi idea.
- Bueno no te enfades. Es que no estaba preparado. Ya había perdido la esperanza de que hoy te dignaras a despertar de tu eterna siesta…
- Paso. No te aguanto. Voy a pedir el traspaso a lóbulo parietal. Allí si me despisto a lo mejor consigo insensibilizar alguna parte de tu cuerpo…
- Bueno, ¿me lo vas a contar ya o no?
- No.
- Venga tonta. Si me lo cuentas hago un sudoku.
- Paso.
- Me descargo un Brain Training para el móvil. Una versión gratis, o de prueba; tampoco hay que pasarse.
- Uuuuooo, qué sueño.
- ¿Hace un chute de endorfinas? Eso sí te mola, eh.
- No me vendría mal, no. Pero es que ahora no te lo puedo contar…
- ¿Por qué?
- Se me ha olvidado.